Si el feminismo no incomoda, no es mi feminismo.

El feminismo no alcanza con ser declamativo, aunque resulta cómodo y políticamente correcto. Esto encubre sus tensiones y modera sus alcances y potencialidades, que reflejan una diversidad de identidades y criticas a lo distintos tipos de dominación que se conjugan en lo cotidiano de nuestras vidas. El peligro que conlleva su despolitización y las tareas y debates pendientes dentro de los colectivos militantes. El fin del kirchnerismo, #NiUnaMenos y el avance neoconservador: el marco para los nuevos desafíos de un movimiento feminista y popular.

Feminismos y resistencias (propias y ajenas)

Todavía hoy las feministas tenemos que dar demasiadas explicaciones. Debemos argumentar por qué insistimos en la necesidad de construir nuestros espacios específicos y nuestras herramientas. Y cuando hablo de feministas quiero incluir no solo a las mujeres que nacimos con vagina y estamos cómodas con nuestra asignación y elección de género, sino que también a todxs lxs luchadxs trans, travestis, gays, queers, lesbianas, intersex y diversas identidades que no encajan en el binomio varón-mujer. Sus luchas cuestionan este sistema heteronormativo, y nuestras propias limitaciones para crear consignas y dar la pelea por derechos que efectivamente contemplen todas nuestras realidades.

Prefiero hablar de feminismos y no de UN feminismo porque se trata de un conjunto de perspectivas muy diversas, que constituyen al mismo tiempo horizontes, tácticas y estrategias muy diferentes e incluso contrapuestas. Pero el objetivo de estas líneas no es abordar estas diferencias al interior del movimiento feminista, sino más bien compartir algunas reflexiones y miradas sobre nuestra coyuntura y tareas, y comenzar a trazar algunas ideas acerca de qué feminismo construimos desde el hoy y hacia el mañana.

Todos los feminismos encuentran un punto en común: reivindicar nuestros derechos y denunciar las atrocidades del patriarcado sobre nosotras. Pero lo cierto es que no siempre incomodamos lo necesario como para sacudir y romper las formas de reproducción de la dominación patriarcal en nuestros espacios de lucha, en la vida cotidiana y como política hacia el conjunto de la sociedad. Siendo muchxs de nosotrxs militantes de organizaciones populares y de izquierda, las feministas debemos sortear obstáculos y limitaciones propias. Nos encontramos día a día con prácticas patriarcales enquistadas en el funcionamiento de las organizaciones que se naturalizan con facilidad. Una de esas formas es la constante subordinación de la agenda feminista a la “verdadera agenda política” que desconoce el carácter urgente de nuestras reivindicaciones. Hoy en día existen espacios de mujeres, comisiones, asambleas. Con mayor o menor desarrollo todas estas organizaciones elaboran una línea política que interpela las problemáticas de los géneros. Sin embargo, en muchas pareciera ser un ámbito decorativo, algo que políticamente “queda bien” pero que finalmente queda fuera del programa político y la agenda de lucha.

Por otra parte, debemos reconocer nuestras limitaciones para encarar la construcción de espacios de organización con una impronta feminista. Paradójicamente asistimos a una profunda despolitización de muchas experiencias. Me refiero a pensar nuestras problemáticas sin correlato con el contexto social, político y económico que nos atraviesa y que nos hace vivenciar las opresiones que padecemos de manera muy distinta y que por ende, implica pensar tareas y acciones diferentes.

Despolitizar el feminismo, vaciándolo de una perspectiva de clase, recreando un microclima para las convencidas de la causa, ocupándonos únicamente de “nuestros temas” nos debilita profundamente como movimiento. Es urgente y necesario que la política feminista, más allá de los matices que encontramos en la construcción cotidiana, se apropie de las discusiones colectivas, que imprima una perspectiva antipatriarcal a cada una de las discusiones y luchas que se da nuestro pueblo. Sin embargo, la relación entre clase y género es una discusión permanente y presente en nuestra elaboración teórica y política que se traduce por lo general en posturas tan extremas que resultan un escollo para la unidad del movimiento feminista.

Son valiosos los aportes desde el ámbito académico que problematizan las categorías con las que pensamos el feminismo y el patriarcado. La utilización crítica y las visibilización de las implicancias que tienen los conceptos y teorías sobre las que fundamentamos nuestra práctica, debe ser un ejercicio consciente y cotidiano. Por ejemplo, la categoría género, en el plano político se ha vuelto un término “amigable”, que permite introducir una perspectiva crítica pero que, sin cuestionamientos puede convertirse en un límite, ya que como herramienta de análisis, termina sellando a fuego que las únicas identidades posibles y potenciales siguen siendo varón – mujer, encorsetando nuestras subjetividades. También es cierto que en muchos planteos que se resisten a análisis más estructuralistas podemos encontrar diluida la cuestión de clase, haciendo fuerte hincapié en la construcción de identidades y nuevas subjetividades en términos estrictamente culturales y simbólicos, como si fuera posible de ser pensados por fuera de las condiciones materiales en las que reproducimos nuestras vidas.

Por otra parte, existen posturas esencialistas, que al contrario de pensar críticamente la construcción histórica de nuestros géneros, resaltan una suerte de primitivismo femenino basado centralmente en nuestra capacidad reproductiva. Es innegable como el sistema patriarcal y sus instituciones se han encargado por siglos de apropiar, domesticar y negar nuestros cuerpos. Sin embargo muchos discursos terminan por ser expulsivos de otras identidades, y corren el peligro de fundamentalismos biologicistas que no necesariamente resultan progresivos para nuestro movimiento y reproducen lo que ya el sistema se ha encargado de imponer sobre nosotras.

Es preciso complejizar nuestras herramientas teóricas, para no caer en traducciones o reversiones de teóricas creadas al calor de otras realidades muy ajenas a las nuestras. En este sentido, debemos evitar el simplismo de creer que el género como categoría de análisis es simplemente la descripción de un conjunto de estereotipos y roles asignados. Se trata de complejas relaciones de poder que nos atraviesan, y que necesariamente se imbrican con otras formas de dominación y explotación. Desde esta perspectiva consideramos que la relación género-clase es inescindible de cualquier análisis feminista que tenga como horizonte la transformación social. Las luchas y disputas que damos se dan en todas las dimensiones, y nosotrxs debemos responder integralmente a cada avance patriarcal y capitalista.

Es cierto que muchas las posturas más clasistas olvidan como operan otras dimensiones y estrategias del patriarcado para sostener la dominación sobre nuestros cuerpos y subjetividades. Desconocen cómo cambian los mecanismos de control y explotación al calor de las luchas y resistencias, de qué manera reproducimos las condiciones dominantes y como construye nuestra conciencia e identidad este sistema perverso. Los planteos que se restringen únicamente a nuestras condiciones materiales para explicar absolutamente todo, corren el riesgo de perder de vista las múltiples formas en que las resistencias y las persistencias se conjugan en nosotrxs, como interpelar desde otras dimensiones cuestiones de relevancia para volvernos sujetxs revolucionarixs.

La coyuntura y nuestras tareas

Es cierto que en estos últimos años se ha visto un avance de las organizaciones de mujeres, feministas y de diversidades en distintos espacios de confluencia y lucha. Este salto también ha sido registrado por el gobierno y plasmado en políticas que han intentado canalizar y contener algunas demandas que, a su vez, ha frenado otras, como es el caso de nuestro histórico reclamo por la legalización del aborto. La problemática de los géneros ha irrumpido en el espacio público y en los medios de comunicación por la inocultable cantidad de femicidios que ocurren día a día y las desapariciones de pibas y mujeres en manos de las redes de trata. En una suerte de juego perverso, los medios han cambiado su discurso respecto al tratamiento de estos temas, pero al mismo tiempo mantienen vivo todo tipo de prejuicio sobre las víctimas, principalmente si se trata de mujeres pobres.

La irrupción del Ni Una Menos y la histórica movilización nos dan la pauta de que nos encontramos en un momento importante para la agitación y la lucha contra la violencia y todas las formas de opresión que soportamos. Sin embargo, esas expresiones masivas también trajeron oportunistxs que se montaron sobre la causa para lavar culpas y hacer gestos políticamente correctos. Un sinfín de personajes impresentables (Macri, Tinelli, Scioli, Vidal, Berni, Anibal Fernández, Patricia Bullrich, por nombrar algunxs) se ha sacado su respectiva foto con el cartelito. Pero sabemos que la intensión efectiva de ese contagio marketinero da cuenta de las tensiones que atraviesa la cultura patriarcal frente al avance del movimiento de mujeres.

Los modos en que el patriarcado se despliega cambian, se impregnan en el entramado de relaciones sociales de manera compleja. Los discursos y prácticas que lo sostienen no constituyen un bloque homogéneo. Conviven fragmentos contrapuestos y superpuestos que se mueven en el marco de las luchas que damos las mujeres por nuestro reconocimiento. Por eso es necesario evitar las lecturas simplistas de la coyuntura, romper con los esquemas estancos, y redefinir quienes son nuestrxs verdaderos aliadxs contra el patriarcado.

El resultado de las elecciones presidenciales nos muestra que además de una nueva avanzada de los sectores de la derecha neoliberal más explícita, también hay un intento de restauración neoconservadora y patriarcal. No es que hayamos superado siglos de opresión en 12 años de kirchnnerismo, pero lo cierto es que hemos podido dar pasos importantes en cuanto a crecimiento organizativo y visibilidad. Claramente el PRO es la expresión política de los sectores más reaccionarios, vinculados a la Iglesia Católica y al Opus Dei. Personajes como la Gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal, tienen el objetivo de consolidar la imagen de mujer pasiva, buena madre, correcta y paciente, además de aplicar un plan político y económico de ajuste. Todo avance significa también una reconfiguración de las formas de dominación para sostener los mecanismos de opresión. Es por esto que no resulta casual escuchar voces medievales representadas en formatos aggiornados a los nuevos tiempos. Esas figuras de disciplinamiento son la envestida contra las mujeres que no callamos, que no obedecemos, que luchamos y salimos a la calle por lo nuestro.

En los próximos años intentarán avanzar también sobre nuestro movimiento, buscando artilugios políticamente correctos para socavar nuestras luchas y defender la cultura patriarcal con la cual nos mantienen disciplinadas. La derecha también tiene que renovar sus estrategias, no puede repetir viejos errores. Se trata de la modernización de los modos de sometimiento, con discursos amigables, algunos gestos y mucho vaciamiento de recursos y políticas destinadas a resolver nuestras realidades. Profundamente represivo de cualquier expresión de lucha, tienen preparado para nosotrxs un ajuste que recaerá brutalmente sobre las espaldas de las mujeres trabajadoras, formales, informales, las que quedan a cargo de las tareas del hogar y cuidado y son explotadas por sus maridos, las lesbianas, trans, travestis pobres de los barrios populares. El plan que prepara el macrismo de recorte, devaluación, precariedad de las condiciones de acceso a los servicios públicos básicos como salud y educación afectaran nuestra vida cotidiana radicalmente, porque somos nosotrxs quienes nos enfrentamos a los peores obstáculos para resolver nuestra subsistencia. Es ahí donde el patriarcado y el capitalismo se entrelazan y tejen articulaciones entre las distintas formas de explotación y opresión sobre nuestros cuerpos. El macrismo no es tonto, más allá de las pocas luces que parecen tener sus referentes. La reciente designación de Fabiana Tuñez, histórica referente de la Casa del Encuentro, frente al Concejo Nacional de Mujeres muestra a las claras que se las rebuscará para meterse en el movimiento de mujeres, sin resolver efectivamente ninguna de nuestras demandas de fondo. En este marco es urgente construir una agenda reivindicativa lo más unitaria posible, y demostrar que estamos dispuestas a luchar por cada una de los derechos y recursos que nos pertenecen.

Hacia la construcción de un feminismo popular y libertario

Tareas tenemos muchas y responsabilidades también. Una de ellas es articular el hacer y el pensar. Construir teoría desde nuestras experiencias de base, de la práctica cotidiana y al mismo tiempo nutrirla de las herramientas que nos brinda el dialogo con otras perspectivas. Esto implica darle importancia a los espacios formativos, a la incorporación de la coyuntura en nuestros temarios, como ejercicio político y práctico. Así como también dar los debates (y las peleas) al interior de nuestras organizaciones para desterrar las prácticas y conciencias patriarcales enquistadas en muchxs compañerxs que se resisten a transformarse por miedo a perder espacios de privilegio. Poco cuesta convencer a la militancia de izquierda de la importancia de ser clasistas, anti imperialistas, luchar contra la represión. Entonces, debemos abandonar los roles maternales de educar y convencer de las bondades del feminismo e interpelarlxs desde la urgencia, compartiendo herramientas. El camino de la apropiación de una praxis antipatriarcal debe ser también una construcción que conlleve una decisión consciente de que no hay cambio social posible sin revolver hasta la última de nuestras miserias misóginas.

Necesitamos darle contenido y llenar de experiencias nuestro feminismo popular, que se proponga crear poder desde abajo, atravesando todas y cada una de las luchas de nuestra clase, con un sentir latinoamericano y rebelde, profundamente libertario y colectivo. Un feminismo que cuestione lo dado, que revise su teoría y su práctica, que promueva organización y perspectivas a largo plazo para enfrentar las distintas estrategias que se da la clase dominante para someternos a esta cultura violenta gobernada por todas las instituciones del capitalismo y del patriarcado. Este feminismo que no se diseña en un laboratorio, que ensaya y busca los mejores caminos para sumar compañerxs a la lucha, que molesta y se embarra, que grita y abraza y sobre todas las cosas, es herramienta para la revolución.

Mariana, militante feminista y libertaria

 

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